A los 17 años, ya en Los Ángeles, decidió cambiar su apellido original, Goldberg, por Gehry para esquivar prejuicios y abrirse camino. Esa combinación de reinvención y terquedad creativa lo acompañaría siempre.

Desde sus primeros trabajos quedó claro que venía a sacudir la arquitectura. Con la naturalidad con la que de chico doblaba chapas, empezó a curvar muros, torcer volúmenes y desafiar materiales, tratando los edificios como plastilina. Ese impulso derivó en lo que se describiría como deconstructivismo, aunque él jamás buscó etiquetas.

 

Su explosión global llegó en 1997 con el Museo Guggenheim de Bilbao, la obra que —según The Guardian— “cambió todo”. Sus placas de titanio ondulante no solo redefinieron el diseño contemporáneo: también generaron el efecto Bilbao, demostrando cómo un edificio puede transformar una ciudad.

Entre sus obras más reconocidas figuran la Casa Danzante (1996, Praga), creada junto a Vlado Milunić; el Walt Disney Concert Hall (2003, Los Ángeles), hoy símbolo californiano; la monumental Fundación Louis Vuitton (2014, París); y el Biomuseo (2014, Ciudad de Panamá), su única obra en Latinoamérica.

Gehry murió recientemente en Santa Mónica, a los 96 años, dejando un legado que sigue torciendo líneas rectas y desafiando la lógica. Sus edificios no solo se miran: se sienten, recordándonos que la arquitectura también puede ser un acto de imaginación pura.