Levantado con apoyo financiero y técnico de Japón, su construcción demandó veinte años de trabajo y más de mil millones de dólares. Hoy, por fin, el sueño se hace realidad. Ubicado a pocos kilómetros de las Pirámides de Guiza, el museo despliega una de las colecciones arqueológicas más impresionantes del planeta: más de 100.000 piezas que recorren cinco milenios de historia.

Desde los primeros faraones hasta los últimos vestigios del Imperio nuevo , en sus 24.000 metros cuadrados de exhibición permanente, el visitante se sumerge en un relato que combina grandeza, misterio y la delicadeza de los detalles cotidianos del antiguo Egipto.

El gran protagonista, claro, es Tutankamón. Su tesoro, descubierto en 1922 en una tumba intacta del Valle de los Reyes, brilla por primera vez reunido en un solo lugar: cerca de 5.000 objetos funerarios, desde joyas y amuletos hasta el famoso sarcófago dorado. Nunca antes el público había podido contemplar la totalidad de este hallazgo en una misma exposición, lo que convierte al museo en la colección más grande del mundo dedicada a una sola civilización.

Pero el recorrido no termina ahí. A través de un ventanal de vidrio, los visitantes pueden espiar el trabajo de los restauradores en acción, en el laboratorio de conservación donde se recupera una barca solar de 4.500 años, hallada junto a la pirámide de Keops. Es una invitación a mirar la historia no solo como pasado, sino como un organismo vivo que sigue respirando.

Más allá de su valor patrimonial, el Gran Museo Egipcio también encierra una esperanza: revivir el turismo que se vio golpeado durante los últimos quince años por los vaivenes políticos y sociales del país. Con su inauguración, Egipto vuelve a proyectarse al mundo, tendiendo un puente entre su esplendor milenario y un presente que busca reencontrarse con su luz.