Pero lo hicieron. Y con cada paso sobre el hielo y la roca, las cholitas escaladoras de Bolivia derribaron algo más que muros de nieve: derribaron prejuicios.

El grupo nació en 2015, impulsado por Jimena Lidia Huayllas, conocida como Lita, una mujer aymara que trabajaba como cocinera para andinistas en La Paz. Desde las cocinas veía cómo otros conquistaban las cumbres mientras ellas quedaban al margen. Hasta que decidió cambiar la historia. Junto a diez compañeras, se propuso subir una montaña con sus propias manos, sus sueños… y sus polleras.

Su primera experiencia fue en el Huayna Potosí. Sin equipos técnicos ni experiencia, pero con decisión, descubrieron que la fuerza estaba en su identidad. “Ahí entendí que la fuerza ya la teníamos, estaba en nuestra sangre”, recuerda Lita.

Desde entonces escalaron el Illimani, el Sajama —el pico más alto de Bolivia— y hasta el Aconcagua. Siempre con sus trajes tradicionales, porque lo suyo no es solo montañismo: es una afirmación cultural y una lucha contra la discriminación.
“Subir con pollera fue una decisión que cambió mi vida”, cuenta Lita. “Era la misma que usaba mi abuela, símbolo de lucha y dignidad. Esa prenda, antes motivo de burla, hoy ondea al viento en la cima como estandarte de una nueva narrativa”.

Al principio las desalentaban: les decían que ese era un deporte para hombres. Escalaron con cascos de moto y botas prestadas, pero siguieron adelante. “Cuando se quiere, el cuerpo responde y el espíritu se eleva”, dice Lita, que hoy es guía de montaña y referente para mujeres de todo el mundo.

En 2023 habló ante la UNESCO en París, donde dejó un mensaje que resume su historia: intentar, no quedarse con la duda y escalar las propias montañas. Porque ellas ya demostraron que sí se puede soñar con la cima… y llegar.