Es compacto, bien conservado y con ese aire medieval que no necesita exagerar nada: apenas cruzás el puente, el pueblo se despliega tal cual es, sin trucos ni grandes discursos. Su nombre original fue Bisuldunum, un nombre que hacía referencia a una “fortaleza entre dos ríos”, una pista clara de su pasado defensivo. Hoy es un pueblo pequeño: apenas 2500 habitantes y menos de 5 km² que invitan a caminarlo entero.

Entre sus puntos más interesantes está el micvé del siglo XII, uno de los baños rituales judíos mejor conservados de Europa. Pequeño, excavado en piedra y con luz natural cayendo desde arriba, es una de esas visitas que sorprenden incluso a quienes no llegan buscando historia. El antiguo call —el barrio judío— acompaña con pasajes estrechos y un silencio particular.

Otro sitio imperdible es el monasterio de Sant Pere, fundado en el siglo X, con su fachada románica y un interior austero que conserva esa serenidad que solo dan los edificios que acumulan siglos sin perder identidad.

Para una pausa, la Plaça Major es el punto ideal: bares, fondas y la posibilidad de probar platos típicos catalanes sin complicaciones. Con una mañana o una tarde alcanza para recorrer Besalú, aunque quedarse un rato más siempre suma, sobre todo para ver el puente desde la orilla del río al atardecer.

Una escapada corta, fácil y encantadora: Besalú ofrece exactamente lo que promete, un viaje amable a la Edad Media sin moverse demasiado del presente. Llegar desde Barcelona o Girona es sencillo: auto, bus o excursiones que llevan directo al puente. Desde ahí, Besalú se recorre casi solo. Calles empedradas, balcones floridos, talleres de artesanos y un ambiente tranquilo que mezcla bien lo turístico con lo cotidiano.